Si algo me caracteriza (aunque sea para mal) es mi carácter
fuerte, valga la redundancia.
A lo largo de los
años he sufrido las evoluciones típicas humanas. He de reconocer que la
adolescencia fue difícil. No es que sea una persona que se mete en problemas,
todo lo contrario, puede que me pase de ‘vivir y dejar vivir’, eso sí, cuando
me tocan las bemoles (quiero evitar escribir tacos hasta el último momento),
digamos que me desahogo.
Por eso digo que la adolescencia fue difícil. Todas esas
hormonas, bailando la rumba dentro de mí, la irritabilidad y esos arranques de
ira no me han favorecieron en absoluto. Después de darme cuenta en más de una
ocasión de que la pérdida de papeles resulta bastante más que patética, a
parte, por supuesto, de la pérdida instantánea de la razón (aunque en realidad
la tengas) decidí encaminarme hacia el autocontrol.
No necesité ir al loquero, sin querer menospreciar su
trabajo, reconozco que si algún día necesito ayuda externa la tomaré y pagaré
un buen precio por ella.
Simplemente pensé seriamente en mi propia dignidad en esos momentos (que se iba
muy muy por los subsuelos), en esas cosas que dices y que sabes que en realidad
no piensas y por supuesto en el bien de los muebles de mi casa, y fue entonces
cuando empecé a respirar (lo de contar hasta diez es una gilipollez) y a tratar
de canalizar toda esa ira y esa fuerza de algún modo. Todo ello se convirtió en
lágrimas, ansiedad e incluso taquicardia, pero oye, siempre quedo como una
señora y no digo esas palabras tan horribles que me pasan por la cabeza y que
tan dolientes son. Creo que he hecho un buen trabajo.
No obstante, reconozco que a veces el nivel se pone tan alto
que se me escapan un poco las situaciones y vuelvo a las andadas. Noto como me
va subiendo y me empieza a salir humo por la cabeza.
Pero es que no acabo de entender porque a veces el mundo se
emperra en fastidiar. Pero si yo vivo muy feliz y muy tranquila, ¿por qué me
haces estas cosas? Puede que la culpa no sea del mundo si no de la gente que lo
puebla (y destruye por cierto).
Este año, tras los acontecimientos pasados, decidí que igual
era el momento de volver a ‘evolucionar’ y pasar del autocontrol a la siguiente
fase. Decidí no tomarme las cosas tan a pecho, no dejar influenciar mi estado
de ánimo por esas putadas mundanas y hacer algo que parece funcionarle a la
perfección a muchos: ‘por un oído me entra y por el otro me sale’. En este
caso, yo diría por los oídos y los ojos.
Algunos pensarán que este tipo de cosas dan movimiento e
intrigas a la tediosa rutina que es la vida de normal, pero a mi, sinceramente,
me sobra eternamente. ¡Qué poco interesante soy y qué poco interesante es mi
vida! A mi me gusta así.
Hay un pequeño problema al respecto, y es que, cuando la
mierda (mierda no lo consideraremos un taco) está creada demasiado cerca de ti,
inevitablemente te acabas pringando, y a mí, como la técnica esta última de mi
evolución personal no la he perfeccionado, me sigue costando un poquito que me
de igual pringarme de mierda los pies. Eso sí, sólo los pies, porque, por poco
entrenamiento que tenga no pienso dejar que sobrepase los dedos de los pies.
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